14 de mayo de 2017

Eco de un Narciso


     Narciso entre los brazos de Eco descansa, acomodado en un pecho que no hace sino replicar cada latido por el joven dado. Dulzura encarnada en varón de bella faz, no menor es la de aquél que contempla al doncel dormitar. Flores en cabello y túnica de fina seda, desnudez recatada que Eco contempla sin perturbar el sueño de aquél cuyo nombre no puede pronunciar. Las aguas no acogen el cadáver de Narciso embelesado con su propio reflejo, pues no es sino pálido en comparación a la luz que de los ojos de Eco emana. Dormita el joven destinado por Némesis a tornar su vano suicidio en flor que de su sangre se nutriera, siendo ahora guardado por aquél por Hera maldito. Morfeo toma la conciencia del agraciado joven, dejando a aquél que no puede sino repetir acariciando los cabellos de quien en su regazo dormita. Blanco y dorado el narciso brota del roce de su piel con los huesos de Gaia, creando delicia que a Perséfone en la Antesforia entregar como ofrenda ceremonial. Cauto es quien repite, y sus barbas acaricia con pausada caricia con la mano que no enreda entre el lacio cabello de aquél que los celos de Venus despierta mientras cavila. ¿Qué Hado torna mito terminado en tragedia en un remanso de paz preservado en la memoria irreal de un sistema destinado a tornarse polvo y nunca recordado? Aunque de habla muda sus labios se curvan. Narciso dormita y los narcisos le engalanan, envidiosos de sus semejantes en una puja por ver quién en la tranquila cueva refulge con mayor color.


Inconexo - Morpho Didius


     Dime, ¿qué hay tras los riscos que al mar conducen? Brilla el faro prendiendo en su seno una llama que deja tras sí revuelo de cenizas. ¿En qué se tornan las ascuas al tocar la salitre del mar? El destello azul de las alas que el cielo surca no es sino engaño jamás intencionado, luz desdoblada. Corre libre en la plenitud de su vigor el astado entre el líquen que a la bahía conduce, deja tras sí huellas de barro y grava. Se antoja sueño de la mente que el hielo agua sea y por los surcos de piedra al mar discurra, arrojando por la borda cadenas de arena mojada. ¿Hacia qué se alza la mano si no es para tomar foto del alado ser de cerúleas alas? Del orbe se aleja en pos de encontrar la bahía. ¿Cuándo poder volver a ser pequeño? Las manos se cruzan entrelazadas y la escarcha se deshace, dos corren como uno camino al faro. Dime qué prende su luz, dime qué acrecienta su luz. Sueño de alas, ojos cubren ojos, luz y sombra. ¿Persiguen cascadas? Los cuerpos desnudos quedan y por el salto de piedra se arrojan uniformes a una rutina que no desea perpetuarse. El mar no puede partirse y el alma aspira al sentimiento de unidad que encarna, vuelo de alas. Dime adónde vas, pues los obstáculos esquivas con tan sólo un batir. ¿Predica ser quien no es humano, o recae en no ser quien humano es? La alegría de quien el vuelo alza. La arcadia corrupta por los aires se eleva en espiral iracunda, ofrenda hueca para el fin postrero que a Dios desafía, y es que qué sería de la voluntad humana si Eros no desafiara a Cloto. Divago en tanto que se devora a sí mismo para contemplar el vuelo y partir repetidas veces. Bahía de vida, ¿cuándo perderás el monocromo y harás de dos separados dos próximos a ser esencia encarnada? Ah, la mariposa echa a volar. Destello de azul, como las olas del mar. El faro prende y arranca destellos a la espuma de mar. Morpho didius, ¿acaso no es bello el rumor del mar?


28 de marzo de 2017

Unión prohibida, unión amada, unión anhelada.


    El pecho alza, y sus manos hunde en sus cabellos, las enredaderas que de sus yemas crecen se marchitan, oliváceo color tornado castaño de muerte. Sus labios se rozan, los gemidos afloran, y el aire huele a vino escanciado por mano fría apurada. Hunde sus ojos quien es dios de la vendimia y señor del culto al éxtasis en el azul frío del hádico señor. Los suspiros acompasados, los labios entreabiertos, las lenguas en caricia húmeda. Al suelo los cuerpos caen, labios buscando labios, mordiendo la frágil carne que de la garganta gemidos arranca. Las manos de Hades encuentran en el contrario calor que le ha sido vetado por la tiranía de un injusto hermano, y en gozo placentero vida y muerte florece rodeando sendos cuerpos. Las telas se desgarran y los pechos desnudos se unen, piel sintiente en estallido de albor de vida. Se fuerzan los músculos en demostrar una supremacía que con caricias se premia, y es que las manos del roce de los labios a la cintura descienden buscando disolver las barreras de la carne. El frío vaho que la escarcha antecede del hades se torna rocío sobre la hiedra de las uvas, muere y renace la tierra en un constante revuelo que el equilibrio hace amenazar.

   Las manos del dador de vida en fresnos por la espalda del señor de muerte se deslizan, haciendo del suelo brotar verde brizna que en éxtasis el contrario contempla, caricia prohibida que culmina cuando el contrario el eje del placer con sus manos cubre y sus cuidados propicia. ¿Qué es el Hades sino custodio de la otra cara de la vida? Vino magro en dulce licor se torna en tanto que sus labios le tributan culto en el Olimpo del cuerpo contrario, el gesto relajado, las manos dulces, la una prensada en torno al objeto de devoción, la otra apretando contra sí allá donde la espalda termina contra sí. Sorprende al contrario el gesto, pues la mano de la muerte todos rehuyen y ahora quien en éxtasis se sume no deja centímetro de su cuerpo sin culto profesar. Cesa el cuidado al monte del placer, y los cuerpos de nuevo se unen, labio cubre labio, luz y sombra, la mano fría en los revueltos mechones de los que la vendimia se desprende entrelazados, la sonrisa curvada y la chispa de vida vibrante en el pecho.

   Al más alto de los placeres se entregan y dos se hacen uno, la carne tejido que se moldea y deja entrar el cuerpo contrario para alcanzar la más pura unión del alma. Se sacude el verdor de la floresta al ritmo que sus suspiros profundos se entrelazan, y vida y muerte de la mano danzan. Del suelo emerge raíz de nomeolvides que al tornarse flor se pudre y el pétalo al suelo cae dando vida, ciclo sin fin unido en un instante. El cuello es mordido, exhalado el gemido, las manos útiles que el rostro tocan con devoción y el cuerpo hacen suyo, recorriendo oquedades a la frágil moral vetada y haciendo del culmen vara de placer a la que rendir tributo. El éxtasis llega, y en uno muerte y vida confluyen abrazados en tanto que semilla de vida el aire recorre y en el pecho contrario cae como preciado regalo. Bacanal hádica por Eros bendecida, en los brazos y el pecho oscuro hunde el rostro aquél de cuya piel emana olor a horno de piedra y uva. Como manto de noche fresca los brazos del lúgubre señor cubren la espalda del dios al que ama.

Cavila el oscuro señor de qué Moira vendrá dado este hado, pues no alcanza a comprender cómo aquél de cabellos lacios que en su pecho ahora dormita puede amar a criatura divina que el mundo rechaza.
Donde por seis meses yacen separados, por seis meses se aman.

15 de marzo de 2017

Sueños desde Santa Mónica


     Sueño con un pequeño cuarto. Quizás no tan pequeño. Pero acogedor, sin duda acogedor. Con faroles, faroles de papel chinos tendidos en una cuerda entre las estanterías. En el techo pegadas estrellas que brillen en la oscuridad, de aquellas que siendo pequeño usaba. Tendrán que ser grandes, así al ser miope no haré sino ver grandes focos de luz sin forma. De piedra la pared en la que la cama se apoye. Y fotos, docenas de recortes de fotos. Ordenados. De mí, de ti, de los dos, de paisajes. Perros jugando al sol, árboles mecerse, gatos bostezar. Cada uno un momento agradable, una sensación grata al corazón. La cama de colchón amplio y duro, las mantas mullidas como si fueran nubes. A sus pies una cómoda pequeña con un viejo reproductor de discos encendido normalmente. Aún sintoniza, puede reproducir de lápices de memoria. Nada en los cajones que convenga sacar a la luz. Probablemente ropa interior. Quizás algún que otro recorte de papel viejo. Verde, quizás, escondido en alguna bolsa. Sobre la cómoda una pequeña estantería llena de pequeños libros. Algún que otro cómic. Mis tetralogías bien ordenadas en orden ascendente. Las tapas viejas por el polvo manchadas iguales. Sin marcapáginas, no me gustan, doblar la esquina de los libros sigue teniendo su encanto. Hay un paquete de patatas con forma de tubo entre los libros. La pared sigue, y en el espacio que hay entre ella y la pared de las ventanas varios póster sin orden alguno. El escritorio. Amplio. Bajo la ventana. Hay dos, separados por una estantería de seis huecos cuadrangulares. Tres para cada uno. Dos cajas para cada uno. Un pequeño pote con un lirio araña rojo sobre la misma. Más libros, más papeles. Quizás caóticos. Carcasas y caratulas de discos y juegos en dos de los estantes. El otro escritorio, con su torre y su cómoda silla. A su lado un ficus de pequeño tamaño. ¿Y el suelo? Moqueta, suave moqueta. De color apagado, probablemente con el sol sea lo mejor. El marco de la ventana lleno de pequeños post it, ninguno tiene un mensaje importante, pero son agradables de leer. Esquina, pequeño hueco, radiador, mesa alta de cristal. Dinero suelto, varias monedas. Gafas, estuche de lentillas, pequeño paño de cristal. Sofá, armarios. Es cómodo, es amplio, los brazos quizás poco confortables, pero el colchón lo compensa. Cabe uno, holgado. Caben dos, pegados. Sueño, sueño, con un sitio acogedor. Que tenga mi nombre, mi huella. Un lugar que yo haga acogedor.